Menu

AC/DC (Antes y después del celular)

En fechas recientes, el teléfono celular, ese omnipresente y plenipotenciario telebrejo que hoy regula nuestra existencia, cumplió sus primeros 25 años en México.

 

La manera tan profunda en que la comunicación a través de dispositivos móviles nos ha afectado, incluyendo aspectos como el comportamiento individual y colectivo, la escritura, la convivencia familiar, la etiqueta, el trabajo, la seguridad, la educación de los niños, es comparable a la de cualquier gran invención de la historia, como la imprenta, la luz eléctrica o la máquina de vapor.

Se estima que hoy coexisten en el mundo más de 6 mil millones de usuarios de telefonía celular, cifra que contrasta con las escasas 1.1 mil millones de líneas fijas, cantidad que por cierto y contrario a lo que ocurre con las líneas móviles, tiende a decrecer.

Tan sólo en México existen más de 85 millones de usuarios, lo que significa que, descontando a los más de 30 millones de niños, tenemos que la saturación es tal que estadísticamente cada adulto mexicano posee más de una línea de celular.

Durante varios años, las ventas anuales de teléfonos móviles han superado a las de computadoras, laptops y tablets... ¡juntos!

Si bien México no aparece entre los mercados de America Móvil -o Telcel, para el caso- ocupa un honroso tercer lugar en generación de utilidades (después de China e Inglaterra) con 60 mil millones de dólares anuales; hecho que pone de manifiesto las disparidades entre los altos precios del servicio de datos en México, con respecto a países desarrollados.

25 largos -o cortos- años han transcurrido desde aquel mítico Motorola DynaTac, esperpento tecnológico generoso en emisiones radioactivas, que con un peso de cerca de un kilogramo y un costo de módicos 4000 dólares llegó a convertirse en signo inequívoco de poder, pues solamente celebridades, políticos y narcotraficantes podían darse el lujo de poseer semejante prodigio.

Y más lejos aún han quedado los años en que para poder comunicarnos era menester permanecer en casa; acordábamos horarios específicos para llamar, y las comunicaciones podían prolongarse durante horas.

Recuerdo que entre los objetos más preciados de un hogar promedio se encontraba “La agenda”; un destartalado cuadernito, lleno de papelitos y anotaciones al margen que concentraba la red social familiar.

De hecho, un adulto sabía de memoria los 100 o 200 números telefónicos de uso más frecuente: el de la mamá, el hermano, el doctor, el carnicero, el mecánico, el abogado, etc.; haciendo un verdadero alarde de capacidad de recordación.

4 comentarios

Deja un comentario

Asegúrate de llenar la información requerida marcada con (*). No está permitido el Código HTML. Tu dirección de correo NO será publicada.

volver arriba